En primer lugar hay que considerar el hecho
de que para poder analizar el tratamiento que se da a la educación
intercultural en ambos países es necesario partir de dos concepciones distintas
de Estado. Francia es un país de estructuras eminentemente centralizadas, y por
su parte, España se encuentra inmersa en una fase de profunda
descentralización. Pero también hay que tener presente que al ser dos Estados
miembros de la Unión Europea, sus respectivas políticas generales, y por tanto,
sus políticas educativas, en mayor o menor medida, están mediatizadas por las
directrices emanadas desde esta estructura supranacional.
Una de las preocupaciones más urgentes
que tiene planteadas la Unión Europea es el tema de la inmigración, y sobre
todo la integración de estas minorías en el tejido social de manera que puedan
convivir de acuerdo con los presupuestos democráticos sin que ello sea
menoscabo de sus propias culturas y tradiciones. Lograr este equilibrio es un
reto en el que la educación tiene una especial relevancia, pero hay que hacer
constar que en estos momentos no existe como tal una política común en lo
referente, tanto a la inmigración, como a la educación, sino que cada Estado
miembro resuelve estos temas de manera particular, a la espera de la tan
ansiada Constitución Europea.
En Francia, la escuela ha tenido
tradicionalmente el papel de instrumento privilegiado para la integración,
formando hombres libres, seres racionales con un claro carácter elitista de
garantizar la promoción de los mejores, pero hoy día la profunda heterogeneidad
de la sociedad francesa ha hecho derivar este objetivo hacia otra dirección, y
es la de atender la creciente complejidad cultural como consecuencia de la
instalación creciente de poblaciones de origen extranjero de una forma
permanente. Pero algo ha fallado en el sistema, puesto que no se ha logrado un
equilibrio en el seno de esta sociedad que sigue teniendo enormes problemas de
fondo, y que los disturbios y revueltas del otoño del 2005 pusieron en
evidencia. Las numerosas medidas puestas en marcha para paliar los déficits
educativos generados por los desequilibrios sociales disienten de la realidad
que se vive en los suburbios de las grandes ciudades, en donde se concentra una
gran densidad de población de origen inmigrante que desearía hacer compatible
el principio de igualdad con el del respeto a la diferencia.
En España, la situación no es mejor,
puesto que si de alguna manera se puede hablar del fracaso de la política
francesa de integración, con relación a sus minorías de origen inmigrante, es
porque existe esa política, y por lo tanto puede ser
evaluada, pero es que España, todavía, carece de política migratoria definida. Actúa en función de las necesidades del momento pero sin
una perspectiva
de futuro, y eso condiciona los programas
educativos de alcance.
De otro
lado, asistimos a iniciativas muy buenas puestas en práctica por determinadas
Comunidades Autónomas, mientras que en otras todavía se mantiene un carácter
meramente compensatorio, como si la diferencia cultural fuese un factor a
compensar.
Como
similitud, habría que destacar el hecho de que en estos momentos parece existir
un punto de convergencia en las políticas educativas de ambos países. Se trata
de un giro hacia los posicionamientos de la educación para la ciudadanía, como
imperiosa necesidad de formar a este alumnado en los valores democráticos que
sustentan la vida ciudadana, pero no hay que olvidar que la educación
intercultural también persigue, entre otros fines, formar a la ciudadanía en
valores tan sólidos como el conocimiento, comprensión y respeto para todas las
culturas presentes en nuestras escuelas.
Autor de la entrada: Luis López Sígler
Bibliografía:
Antonio Martínez Muñoz, 2007; La educación intercultural en Francia y España: similitudes y diferencias


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